miércoles 16 de diciembre de 2009

Encuentro Cercano con el Principito



Esta historia es real.

No supe que sería un día diferente hasta que tomé la micro para volar al trabajo. Era diferente porque a través de las ventanas podía ver las hojas de los árboles reflejando más luz del sol de lo normal, y con sus colores brillantes. Se me erizaron los vellos de los brazos cuando comencé a hojear El Principito.

Oh, bello libro. Cada página, cada oración, un pasaje de vida completo, un recuerdo de niñez solitaria y reflexiva. Algo de melancolía entintó mis ojos ese día, durante el trabajo y a la vuelta.

Cuando atardecía, venía de vuelta a mi hogar. En cierta parte del trayecto debo bajar de la estación de metro y caminar dos cuadras hacia el paradero de micro. Iba con paso lento. Ese lugar es uno de los lugares más tristes que he visto de la ciudad paraíso de los nostálgicos. Hay un pasto más verde que en otros lugares, hay juegos infantiles. Pero siempre que paso por allí, no hay niños. No hay risas, no hay rondas, no hay sonrisas de domingo. Me aproximaba. La calle antes de llegar está sucia y llena de basura por todas partes. El sol teñía de anaranjado el cielo. Cuando me aproximé a la cuadra con los juegos, no miré. Sólo dejé pasar la brisa de la primavera que se anunciaba. Esta brisa me congeló el alma, y sentí el escalofrío propagándose desde lo más hondo. ¿Y esa exhaltación?

-Hola.

Y lo entendí. Durante ese instante, bajó de una estrella solitaria y se puso a jugar.
Caminé y me senté a su lado, en el columpio aledaño.

- Te he estado mirando.
No respondí. Sólo escuchar su voz me hacía arrepentirme de mi niñez llena de soledad.
- Algo te sacude cada vez que pasas bajo mi estrella.
Sin más palabras que las verdaderas.
- Sí. Es algo que me recorre el cuerpo completo. Es mirar este lugar sin niños. No puedo dejar de imaginar a uno, uno sólo de ellos. Haciendo agujeros para llegar al mar, mojando piedras para convertirlas en cristales brillantes, contando hasta cien y empezando de nuevo por miedo a lo desconocido...
- ¿Y eso que tiene de malo?
- Nada... Es sólo que a veces creo que debí pensar menos y jugar más.
Él se rió. Se reía de mi, pero sentí un alivio sobrenatural.
- Mientras otros buscan alegría de momento, tu buscabas una salida al mar... Ese no es un mal destino.
- No, no lo es. Pero mira este lugar. Conozco cada pequeña piedra, y cada secreto. Aún puedo escuchar sus voces. Así es con todas las cosas que están aquí. Puedo oír cuando el sol baña casi para mí las cosas que existen y las veo brillar... Pero estoy sordo a las voces de otras personas.
De pronto era de noche. El Principito saltó del columpio y miró las estrellas con su rostro pálido.
- Allá, justo en ese lugar, hay una rosa que me habla. Me habla cuando el sol la hace brillar -Hizo una pausa dolorosa -. Cuando he venido para acá antes, veo a otras personas, y no puedo entender sus palabras. No porque no sepa qué son, sino que es porque no entiendo cuando sus bocas las pronuncian.
Su bufanda se sacudió con la brisa nocturna.
- Pero tú eres más como yo de lo que creí. Tú eres responsable de niños en tu mente, fuiste domesticado por sonidos y domesticaste naturaleza. Escuchas voces que no puedo escuchar, pero sé que están ahí, como los atardeceres, para recordarme que estoy vivo.
Pronunciaba estas palabras con melancolía.
- Y puede que tal vez lamentes estar ahora en tu cuerpo de niño con ojos de viejo, pero escuchas voces inaudibles. Escuchas voces que vienen de lo más puro y central de este patio. ¿Cómo puedes decir que estás solo cuando el cielo completo te está mirando? ¿Cuándo yo te miro?
Pude sonreír al fin.
- Creo que eso se me olvida a veces.

El cielo se fugó y una última ráfaga de viento me sacudió y sacudió los astros, que desaparecieron. Y todo quedó envuelto en un crepúsculo infante. Y en ese instante, ese preciso momento, una estrella me miraba ahora más que otras, y una brisa de primavera terminó de sacudirme mientras miraba los juegos para niños.

Y simplemente me fui a casa con un gran secreto guardado para mí.

martes 3 de noviembre de 2009

El Demagogo del Amor

Lo escuchan sin censura
Mientras habla sin mesura
Se ríen de sus payasadas
Él llora con sus plegarias

Es el demagogo loco, el demagogo sucio
Aquel ciego soso, aquel sordo inmundo
Sus palabras son agua de cribas doradas
Y su amor es paisajes de hielo ignorado

Pobre tipo, pobre ciego
Pregona y pregona una y otra vez
Proteje lo que no necesita protección
Ama lo que no quiere su amor

Nadie en este mundo tiene la piedad suficiente
Hace milenios pudo haber sido amado por misericordia
Por justicia, por admiración de su sacrificio
Pero sus palabras suenan a demagogía sacrílega
Son tiempos amargos para los soñadores
sin admisión

Pobre aciago, pobre anciano
Encogido, arrugado, meditabundo
Entregas tu corazón de lleno
Mas recibes cataratas de nada

Como me gustaría ayudarte, demagogito
Jorobadito, inocentón que no sabe mentir
Eres tan feo que me da pena ver tus manos solitaria
Estás tan solo que me dan pena tus sombras crepusculares

Como me gustaría ayudarte, jorobadito
Comer un pedazo de pastel, un panquecito
Pero hay un problema, jorobado desgraciado
Tú y yo somos el mismo drama, el mismo desolado

lunes 19 de octubre de 2009

Desesperanza de silente

-Papá... ¿y si te das vuelta para mirarme un poquito?
Me doy vuelta.
-Rebeca.
-Papá, déjame sentarme contigo.
-Niña de mi corazón... ¿acaso no sienten frío tus pies?
-Guarda silencio papá, y mira hacia allá.

Me rodean, todos ellos. Y todos me miran con el mismo rostro, como se mira a un padre.
-Váyanse, los aborresco, son iguales a mí.
Y se empezaron a ir lentamente, resignándose. No quiero que se vayan pero aún así se los pido con ira, con pérdida de memoria.
-Papá.
Rebeca. A la que más odio es a Rebeca. Ella es todo lo que siempre quise para mi corazón. Morirá.
-Papá, siente el poder de mis palabras.
Me avasalló totalmente, y me derrumbé hacia atrás, empujado por ese ciclón, esa fuerza soñada.
Que ojos tan bonitos tiene Rebeca.
-Papá, mírame a los ojos.
Te veo.
-¿Qué ves?
-Me veo a mi mismo.

Ella dejó caer una lágrima.
-Papá, debes saber que donde hay un sueño, donde hay algo que se inventa, hay una carencia. Es algo que tú no tienes. Algo que te tiene deshecho. Y todo eso que tú no tienes soy yo...
Ella giró sobre sus pies.
-Mírame. Soy joven, soy inocente pero sé mucho, puedo volar, no puedo sentir melancolía. Soy todo lo que tú no eres. Y no sabes como te agradezco que me hayas hecho tan bella y tan infantil, pero hay algo que debes afrontar.
No quiero oír esas palabras.
-Papá, yo no existo, y tú sí. Y soy tan incierta como lo es tu futuro y tus esperanzas.
No quiero seguir perdiendo, no quiero.
-Rebeca, si eres tan incierta, entonces ven y acariciame la cabeza. Sí lo haces, lo sabré todo.
Caminó hacia mí y se inclinó cariñosamente sobre mí. Su mano se dirigía a mi pelo, pero jamás la sentí. No sentí nada en el instante mudo en que desapareció y volvió a enterrarse en mi mundo de sueños...






¿Ahora qué?
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.
Un, dos, tres, me chupo el dedo.

Soledad de silente

¿Tú de nuevo? ¿Qué haces aquí? ¿No te dije que te fueras y te murieras?
El jorobado desgraciado me sigue mirando con intensidad, y mueve sus labios como si estuviera pronunciando palábras. Yo sólo puedo mirar su reflejo, pero su rostro apunta al universo.
¡Que envidia! Él sabe más que yo, él me mira lleno de tristeza porque conoce mucho más de lo que le gustaría, de lo que yo debería saber. Se le escapa por la pupila un susurro inaudible, las profecías que me encierran y que me han destinado a sierras grises. ¿Por qué no me hablas, mi feo jorobadito? ¿Por qué no me dices algo que no sepa para terminar con esta asunto?
Sí, malo, muy malo, te gusta verme jugar con la ignición de esta vida. Pese a todo el martirio, disfrutas verla, siempre con ojos tristes. La disfrutas tanto... ¿Como una historia melancólica? ¿Como hijos abandonados? ¿Como víctimas inocentes?
¡No soporto que me sigas mirando así! ¡Tengo demasiado frío! ¡¡Dime la verdad!!
Pero no dices nada, nunca dices nada cuando espero respuestas. Te detesto.
Está resbaloso en este tempano anaranjado, iluminado por un sol tardío, un sol an asustado como tus ojos, que se esconde, que me irradia con poco y nada...

Jorobado desgraciado, ven a mi encuentro y dime qué me está pasando, por qué no deja de dolerme el alma, por que me sigo quebrando y quebrando hasta desaparecer... esta bien, ya no estoy enojado, estoy muy desolado, dímelo por favor, no lo soporto...



...¿Sabes?... a mi me gusta escribir historias... esas que son inventadas, fíjate que me di cuenta recién de algo muy curioso. En todas ellas siempre hay alguien que se llama Emilio, y soy yo. Es igual a mí. ¿Y sabes qué? Siempre hay alguien que aparece, y su funcionalidad se parte en dos, y está parametrizado por otra presencia, por otro amor...

Pero yo... cuando te hablo a ti, jorobado luminoso, siempre te hablo solo desde aquí, porque nadie me vendría a buscar a un lugar como este. Hace demasiado frío y es peligroso... nadie viene nunca, pero los veo allá, lejos al otro lado del mar, al otro lado del horizonte. Ellos me ven a veces, pero nunca vienen... ¿Por qué me pasa esto, jorobadito? Yo sé que tú sabes... Dímelo

Esa piedra resbaló, lisa y pretenciosa, y cayó al agua y rompió la tensión superficial, y torció la boca del jorobado cuando repetía las inmortales palabras:

Tú siempre vas a estar solo




Y me caí hacia atrás, entendiendo, entendiendo por qué las estrellas bajan a mí, por qué converso con los reflejos en el agua.

Dolor de silente

Cayó como cae la noche, como derrama la aurora sus gotas de sábanas áureas, igual de frío como el hielo, igual de desolado que un descampado cubierto de nieve.
Me pierdo de admiración a veces cuando miro el cristal diáfano del agua, y veo esos colores que en silencio gotean sobre mi cabeza, sobre mi alma.
Como una lágrima caída del cielo.
Pero en realidad no cae del cielo. Es como un círculo vicioso e infantil, donde mis propias lágrimas se convierten en lluvias de sonidos que pueblan el cielo y se ponen a bailar.
Miro, me despierto y me quedo dormido, y veo mis funerales, y veo a mi esposa y a mis hijos.
Despierto de nuevo, miro, me muero y veo mi nacimiento y mis siestas de tardes gélidas y acogedoras.
Me muero, y me quedo dormido para despertar en miedo de un sueño de verano, y veo mis funerales, mis entierros, los entierros de mis nietos y la huida de mis años de soledad.

De alguna manera esperaría no tener que ver tanto, o ser más inmune a mi misma persona, pero por alguna razón nací así y no sé que hacer para dejar de ver estos crepúsculos. Me arranco los ojos, pero no lo logro, sólo me veo en el cristal arráncandolos. Me quedo sordo, pero el sonido del dolor esta siempre presente junto con todas mis canciones.

Lo que más me deprime de este páramo perdido es que no hay árboles. No hay una vida escurridiza que busca el cielo. Sólo estoy yo y las cosas que caen para solidarizar con mis dolores de humano.

Cuando pasan por mi lado me miran todos estos sentimientos, y me sonríen como lo haría un hijo a su madre, y son tan míos que los extraño y me gustaría que se fueran para siempre. Es como un lazo de amor y odio. Y siempre se repite la misma historia desde que descubrí que tengo alma. Rompo el hielo, me caigo a la agua, me congelo y en los cristales que me endurecen los ojos veo las noches eternas, los astros que divergen y un sinfín de ansiedades que pueblan estas cejas oscuras, estas pestañas polvorientas.

Soy incapaz de aprender.
Quiero estar solo para siempre y no sentir nada. Odio sentir como siento, como mi cabeza me obliga a sentir, como estas malditas palabras me tientan a sentir.
¿Por qué siento tanto? ¿Acaso alguna vez estas palabras me traerán algo más que admiración, oh, llena de vacíos y materias?
Palabras, vayanse, no las quiero.
Corazón, ándate, te odio.
Alma, muérete, te detesto.
Tomás, vete, vete y que no vuelva a verte por aquí, o lo pasaré muy mal. ¿Bueno?
No importa cuantas veces. El jorobado del agua me sigue mirando con ojos negros, con pelo negro y con silueta triste.

jueves 8 de octubre de 2009

El Rito de la Primavera

Horas después, frente al desacato de la vida, la orgía sangrienta de lo natural, el sadismo voluptuoso de lo verde y los ritos primaverales que todo hombre que viera estaba condenado a perderse para siempre en los bosques del olvido carmesí y de los miedos más irracionales del primitivismo recóndito de los eones terrestres, Juan habría de recordar la tarde anterior, la noche y su último sueño, instancias en las que aún creía que estaba vivo.

Recordó con una lucidez enfermiza ese sol acogedor, al borde de una carretera repleta de bosques vírgenes, el desvío hacia ese pueblo de sueño. Era un camino sinuoso, que estaba lleno de árboles rebosantes de hojas amarillas y mariposas. Un par de horas y por fin podía vislumbrar un par de techumbres perdidas en la espesura. Sus pies normales, acostumbrados al mullido contacto de la zapatilla, se sintieron un poco extrañados y a la vez extasiados de pisar aquella tierra, aquello tan enraízado con los orígenes de la vida, particulas y átomos que habían vivido y girado durante millones de años en este planeta.
Extrañado por la súbita reflexión, Juan ignoró esos pensamientos y fue a una pequeña posada a disfrutar de un jugo helado. El hombre de la tabla tenía una mirada llena de pesadumbre y algo enternecedora. Juan no entendió el por qué.
- ¿Qué desea para beber? -le preguntó con amabilidad.
- Un jugo de mango por favor.
El hombre que lo atendía sonrió con amabilidad. Le dio una enorme copa, llena de jugo. Era el jugo de mango más exquisito y dulce que había bebido jamás.
- Algo me habían mencionado sobre lo deliciosas que eran las frutas en esta región -mencionó Juan.
- ¿Y por eso vino aquí? -preguntó. Había algo raro.
- Bueno, vine por otras motivaciones. Hace un bonito clima y necesitaba un descanso por un par de días -respondió Juan, contento.
El hombre sólo se limitó a sonreír. Juan terminó el jugo y sintió una frescura exquisita. Pidió otro. Venía igual o incluso más lleno que el anterior, tal vez hasta un poco más dulce.
- ¿Cuánto es?
- Mil pesos.
Era demasiad barato.
- Cortesía de la casa por el segundo jugo -dijo el hombre. Juan se retiró, aún con esa exquisita sensación de frescura, pero un poco preocupado. El hombre tenía unos ojos llenos de pesadumbre y lástima parsimoniosas.
El resto de la tarde, hasta que se ocultó el sol, Juan procuró caminar por todas partes, para sentir el viento en la cara, el olor de las paredes mullidas de inmensos jazmines perfumados, y los milagros que la vista le regalaba al contemplar el cielo diáfano como el cristalino lago que revelaba un valle digno de paraísos inexistentes. Cuando el sol se ocultó, decidió buscar un lugar para pasar la noche. Se alejó bastante del lago, descendió por la calle y se internó a una quebrada hermosa, que descendía poco a poco en el valle, y lo ocultaba del sol. Estaba rodeado de árboles inmensos y seniles. Tocó la puerta de una hostería. Abrió la pueta una bella mujer.
- ¿Vino a pasar la noche? -preguntó.
- Así es -dijo él, algo perturbado por esa presencia sinuosa.
Ella le indicó que entrara. Le mostró una hermosa habitación, cuyo techo era de cristal.
- El techo está hecho por una plancha muy gruesa de vidrio aislante. No sentirá frío y podra contemplar las estrellas.
- Vaya, ¿cuánto me costará esto? -preguntó el hombre, preocupado.
- No se preocupe, hablaremos de eso mañana y... -la mujer enmudeció. Sonreía. Él la miró.
- ¿Está todo bien?
Ella se acercó a él y lo besó suavemente en la mejilla, como una madre besa a un hijo.
- Nada, sólo estoy un poco desolada.
Y se fue, dejando una sombra pálida en la alfombra.
Cuando la noche era evidente ya, Juan se quitó los pantalones y se tapó con las frasadas. Contempló la noche. Una voz opalina lo invadió como un sucubo del cielo y no supo más.
Soñó cosas desconocidas, sueños demasiados extraños, con elementos que nunca había visto antes y no tenía idea de cómo su mente se las había ingeniado para soñarlas. Incluso era consciente de ello mientras caminaba entremedio de caleidoscopios de celofán vivo. Fue así hasta que despertó.
Había olor a tierra húmeda.
Juan abrió los ojos lentamente, aún ralentizado por el sueño, sintiendo un montón de sensaciones que su mente aún no asimilaba. Tenía frío, pues corría viento por la habitación. Sentía húmedo el pie, pues estaba cubierto de sangre.
Cuando se le pasó el aturdimiento, lentamente notó el sonido extravagante. Era el canto de un pájaro, pero era un canto diferente. Era una melodía definida, que se repetía una y otra vez.
Después de notar que nada era normal, miró a su alrededor. Las paredes y el techo de la habitación habían desaparecido, como si una fuerza ciclónica y silenciosa las hubiera arrancado con cuidado para no despertarlos. Sólo estaba el suelo de la habitación, la cama y sólo se veía los árboles al rededor. Los árboles. Tal vez sólo era impresión suya, ¿pero no se habían engrosado? Atónito, siguió mirando. Su pantalón estaba en el suelo, donde lo había dejado. Se lo fue a poner y de repente notó que tenía la pierna embadurnada de sangre. Una sangre que no le pertenecía. Una gota carmesí cayó sobre el colchón. Miró hacia arriba y el rostro se le deformó de horror. La mujer que lo había atendido estaba en el aire. Las ramas de los árboles aledaños estaban entretejidas con su cuerpo, y de sus cuencas, nariz, boca y orejas salían retoños verdes y llenos de sangre. Su cuerpo estaba abierto, y sus entrañas reposaban sobre las ramas de abajo, exhudando los restos del vital fluido.
Juan saltó hacia atrás. Rápidamente se puso el pantalón sin poder dejar de mirar a la mujer que había sido víctima de la muerte más horrorosa que podía imaginar. Su mente no dejaba de trabar lleno de pánico. Algo o alguien había hecho eso. Justo encima de él, en completo silencio.
En el momento en que pensó en el silencio, el canto del pájaro le atravesó el cerebro. Era el mismo canto que repetía una y otra vez, de una naturalidad aterradora. Eran notas alegres, que de pronto, casi al darse vuelta, venían por la espalda con una voz suave y aterradora, como a punto de saltar sobre ti y arrancarte la piel.
Juan sintió verdadero miedo. Cuando recuperó un poco de la poca lógica que le quedaba, pensó en volver al pueblo, a contarles el acto de barbarie a los demás. Saltó de los ridículos simientos de la casa y vislumbró el asfalto que lo conducía hcia el pueblo. El cemento gris estaba tapizado por una cama de flores pequeñas y azules. Era algo que nunca había visto antes. No se explicaba como algo así podía haber crecido en una noche. Con consteranción notó que alrededor de esa pequeña y suave senda habían crecido las flores más hermosas que había visto en su vida. Tenían enormes tallos de un verde tan vivo que lo hacían sentir insignificante. Se alzaban por sobre su cabeza un metro. Sus pétalos enormes eran de colores púrpura, azul y turquesa. Caminó a lo largo de la pista verde, intentando pensar, pero no podía concenctrarse. La imagen de la mujer, la sangre, el color de las flores, el olor de la tierra y el maldito canto de ese pájaro de pesadilla le atravesaban el pensamiento y se lo destrozaban.
Repentinamente, vio caer un ave de un árbol. Estaba muerta. Luego, a lo lejos, cayó otra. Con una angustia invasora notó que habían muerto de agotamiento, de tanto entonar esa melodía por sus gargantas pequeñas y débiles. La melodía había empezado a cambiar. Se estaba tornando más opresiva, más psicópata. Juan corrió lo más rápido que le permitieron sus piernas. Estaba ascendiendo por la quebrada que lo había conducido a esa pesadilla, y a cada momento sentía que las plantas y los árboles lo observaban, y querían matarlo. Estos habían crecido demasiado. Se alzaban muchos metros hacia el cielo, y las flores eran explosivamente coloridas, y los animales chillaban y gemían como si hubieran sido poseídos por una voz que no era de ellos y los obligaba a suspirar, a susurrar y gritar el canto de algo más vivo y más malvado que ellos. Finalmente terminó el ascenso, y buscó desesperado las techumbres iluminadas por el sol. Pero no encontró ninguna techumbre, y tampoco halló al sol. Estaba nublado, densamente nublado, pero todo brillaba. Cuando finalmente alcanzó el lugar donde se encontraban las casas, asumió con una tristeza que no llegó a comprender que nunca más volvería a estar junto a ningún humano. El horror lo paralizó por la primera impresión. Al igual que la posada, sólo quedaban los simientos, y por todos lados, entre las ramas y esparcidas por el suelo, personas, o restos de ellas, brutalmente destripados por fuerzas desconocidas, con sus cuerpos cubiertos de helechos hermosos y parasitarios, totalmente bañados en su sangre, sedientos de vida. Entre todas las partes de cuerpo humano que encontró esparcidas y desmembradas con calamidad, reconoció el rostro del hombre que le había vendido los jugos de mango. Un enorme jazmin lo tenía aprisionado, y colgaba de sus enredaderas. Sus ojos estaban abiertos. Se acercó, pues no notó nada de sangre en él. Lo miró a los ojos. El hombre parpadeó. Juan gritó y cayó hacia atrás.
- Escúchame -le dijo. Su voz era muy suave. -. Esto es algo que sabíamos que iba a pasar. Nosotros, los que vivimos toda nuestra vida en este lugar, lejos del ingenio de la máquina, sentimos que venía hacia nosotros. No te dijimos para no asustarte.
Y entendió muchas cosas a la vez. Esas ganas que tenía de salir, lo hermoso que era todo la tarde anterior, el regalo de un jugo, su sabor salido del olimpo, el beso de la mujer.
- Yo... no entiendo...
- No importa -dijo él hombre, y lo dejó desolado. No comprendía por qué él era libre, por qué era ignorante. El jazmín apretó sus lianas, como si hubiera podido olfatear la vida que le quedaba a su presa, y los huesos del hombre se retorcieron y partieron, y sus entrañas reventaron, bañándolo todo de sangre. Juan se alejó y vomitó. Sus pesadillas jamás pensadas lo atormentaban. La canción terrible sonaba aún en el aire, y el suelo, lleno de pajarillos y animales pequeños, parecía cantar también. En qué momento, por qué... no obtenía respuestas y desesperaba...
Y el suelo tembló.
Un alarido feroz e inhumano le erizó la piel. Las decenas de personas destripadas se movían, se arrastraban, abrían sus bocas y escupían fluidos. Movían sus bocas y sus cuencas vacías intentando decir palabras incomprensibles. Pasaban a su lado arrastrando sus pieles y avanzando con un solo brazo, o una pierna, o la mitad de ambas. Y todos subían la colina. Aquella colina donde había contemplado una tarde antes el lago que era más azul que el cielo, aquella colina donde yacía ese árbol milenario. Ya inmune al asco de la masacre, caminó entre las multitudes de guiñapos y muñones semi humanos, que vivían gracias a las mismas fuerzas desconocidas que les había arrancado la piel. Sentía en su cuerpo una melancolía extraña, una soledad que no se dejaba engañar por la estertórea voz de esos seres desposeídos. Cuando llegó a la cumbre de la colina, contempló el árbol. Era lo más impetuoso, maravilloso y letal que había visto en toda su vida y sus sueños. Sus ramas brillaban con una fuerza desconocida, y parecían tener una voz muda, y profunda, que le sacudía los huesos. Estaba tan vivo y era tan poderoso que podía haber sido el dios de otros tiempos. Casi como si le hubiera adivinado su deseo más oculto, una rama se acercó a Juan y se posó en el suelo con amabilidad inusitada. Admirando la magnánima alma de aquel árbol imbuído de fuerzas cósmicas, se subió a una rama. El árbol lo alzó y por fin, luego de muchas preguntas que nunca formuló, entendió todo.
El lago estaba atiborrado de personas, todas ellas desmembradas. Y en el centro del lago, se reunía toda la sangre que había sido ofrecida a la tierra. Era la primavera del universo. La sangre se concentraba y era recibida por una deidad que no había mostrado nunca su rostro, pero siempre había estado presente. Era la vida misma, ese impulso que hace que la sangre arda. Y su ofrenda eran los humanos. Y Juan contempló con una sensación inmensa de trascendencia aquel ritual melódico, y esa melodía tétrica y bíblica que se repetía una y otra vez, pero que en realidad no era ningún mensaje de terror. Era una maldad que los humanos jamás podrían entender. Una maldad y un sadismo que representaba para los seres humanos la peor pesadilla, pero que en realidad, y para propósitos mucho más trascendentales que los humanos, sólo era un látido más de corazón del universo. Y cuando finalmente lo entendió todo, Juan sintió deseos de ser parte de eso en su propia carne. Y la naturaleza cumplió. La rama lo alzó, y lo premió por haber descubierto ese secreto que le había sido negado a todos los demás hombres. La fuerza ciclónica lo deslplazó con violencia hacia la deidad, al centro del lago, donde toda la sangre de la humanidad había ido a parar. Y en un instante que se hizo eterno, el huracán apocalítico comenzó a exprimir su alma, y se derramaba toda directamente en la boca del dios al que nunca rezó. Mientras giraba y todo se salía de la órbita de su cuerpo, contempló otra vez el valle. Y mientras admiraba el desacato de la vida, la orgía sangrienta de lo natural, el sadismo voluptuoso de lo verde y los ritos primaverales que todo hombre que viera estaba condenado a perderse para siempre en los bosques del olvido carmesí y de los miedos más irracionales del primitivismo recóndito de los eones terrestres, Juan habría de recordar la tarde anterior, la noche y su último sueño, instancias en las que aún creía que estaba vivo.

martes 6 de octubre de 2009

Sólo un papá

Para mí, porque lo necesito

Ella estaba sentada en clases. Ella reía y jugaba. Tomó las tijeras e hizo unos bonitos mosaicos con papel celofán en su cuaderno forrado con portada de mariposa. Ella era una niña tierna, sencilla y muy querida. Su nombre era Javiera. Ella tenía el pelo de un color castaño claro, tenía la tez blanca y tenía ojos grises. Proyectaba la imagen de una infancia tranquila, normal, pero aún así destacable por su pureza y virtud.
Pero Javiera tenía un secreto. En el momento en que el furgón escolar la dejaba frente al portón de su casa, su rostro se transformaba. Desaparecía la sonrisa y los ojos eran grises como el invierno. Habría el portón y entraba a la casa. En la cocina estaba papá, con su sonrisa boba, con su delantal blanco cocinando algo para la cena.
- Hola Javy –le decía.
- Hola –decía ella.
Javiera detestaba a su padre. Quería saber lo que hacía en el colegio, quería que escucharan música juntos, quería que hicieran cosas juntos, pero era tan lento, torpe e ingenuo que Javiera sólo se aburría. Al final terminaba por interpretar la actitud de su padre como intromisión.
Y otra cosa que detestaba era que cocinaba muy bien.
La mesa estaba en silencio, y como todos los días, su papá le había hecho algo especial. Ella no se dejaría embaucar por esos regalitos. Probó un pedazo del brownie de chocolate. Estaba exquisito.
Papá leía. Cada vez que intentaba hablar en la mesa, derivaba en silencios incómodos, así que mejor se quedaban callados. Ella comía silenciosamente y el leía sus cuentos aburridos y raros.
- ¿Cómo te fue en la escuela hoy? –preguntó.
- Bien –dijo ella. Era cierto.
- ¿Qué hicieron?
- Nada, lo mismo de siempre –dijo ella. Era medio cierto.
Él se quedaba en silencio y la miraba con unos ojos que ella no entendía. Luego miraba hacia la pared y volvía a su lectura, pero algo era diferente y ella no sabía qué. La exasperaba.
- Me voy a hacer mis deberes –decía ella y se iba sin más, dejando a Papá sentado leyendo. Hacía siempre sus deberes para que él no la ayudara.

Javiera rechazaba a su papá porque no se parecía en nada a él. Ella, como todos decían, era bonita, y sus rasgos eran bastante característicos por su armonía en conjunto, pero su papá era demasiado diferente. Era moreno, tenía el pelo enroscado, negro y desordenado, tenía los ojos marrones y grandes, escudados por un par de anteojos de marco negro y grueso, y una nariz prominente. Era feo. Y papá tampoco tenía ninguna foto de mamá. Mamá, estaba segura, era la mujer más linda del planeta, y no podía entender cómo podía haber sido novia de papá.
Ella nunca le había preguntado nada de mamá. Tal vez cuando era más pequeña, le había preguntado algo, pero no lo recordaba, ni quería hacerlo. Odiaba los trabajos que daban en la escuela para los días de la madre, porque ella no tenía mamá. Y si mamá, quien quisiera que fuese, hubiera muerto, al menos papá debería decir algo de ella en su día, pero ni una palabra.
Ella tampoco se interesaba en lo que hacía papá. Vivían en una casa muy linda y grande, pero él sólo leía, o escribía, o se sentaba en el piano a hacer canciones aburridas. Nadie los iba a visitar jamás, y siempre que ella llegaba de la escuela, encontraba la casa limpia y a él cocinando. Ambos vivían sus vidas simplemente.
Javiera, pese a todo, sentía irremediables deseos a veces de pegarle a su papá en su fea cara. Pegarle para que dijera algo sobre mamá, para que se molestara con ella, para que le cocinara horrible. Pero él siempre sonreía como un bobo, y no decía nada, y cocinaba rico.
Javiera sentía que estaba pronto un cambio.

- Mira lo que hice hoy –dijo papá, y puso frente a ella un montón de galletas suaves con relleno de manjar y bañadas en chocolate blanco. Eran las favoritas de Javiera. No lo pudo soportar.
Javiera tomó el plato de galletas y lo arrojó lejos. Miró a su papá con furia a los ojos. De nuevo esa expresión boba. Estaba harta.
- ¡Di algo! –gritó - ¡Quiero saber quién es mi mamá! ¡Odio esas caras que pones! ¡Odio que seas mi papá y que mamá no esté aquí!
Javiera jamás lo creyó posible, y por eso mismo no lo aguantó. Cerró de un portazo la puerta de su habitación, dejando lejos los sollozos sin convulsiones y las lágrimas calladas de su papá.
Al día siguiente, no vio a papá. Al volver de la escuela, había hecho algo tan rico para comer que no lo creyó posible. Él estaba encerrado en el salón del piano, en silencio. Y así al día siguiente. Y así al siguiente. Pero en el cuarto día, no había nada para comer. No lo habría esa noche.
- Javiera –dijo él. Los vellos de la espalda de ella se erizaron. Sentía que la verdad se acercaba.
- ¿Qué?
Él la miró.
- Eres adoptada.
Y el día acabó en ese instante para Javiera.

No habló más con él en meses. Bajó su rendimiento escolar, no mucho, pero algo. Su humor había empeorado. Sentía ira y angustia contra su papá de mentira, porque eso era. Un papá falso. Un impostor. Y su mamá y papá de verdad, quienes quieran que fuesen, no la querían, y por eso la habían dejado con ese impostor. Ella sólo comía en casa, y prefería quedarse más tiempo en la escuela. Y siempre que entraba, no lo encontraba, peor si estaban los postres, galletas y leches con chocolate deliciosas. Y al igual que en el proceso anterior, sabía que tendría que encararlo. Y así lo hizo. Abrió la puerta del salón con el piano y la cerró fuerte. El impostor, cruzado de brazos sobre el piano, ni se movió.
- Mira lo que me hiciste –dijo ella, enojada -. Ahora no tengo ni mamá ni papá ni nada. Ellos no me querían y me entregaron a ti. ¡Todo es tu culpa! Me siento muy mal y…
No terminó, porque su papá se puso de pie de repente y la miró. Tenía los ojos hinchados, más grandes aún, arrasados de lágrimas, el rostro deformado por el llanto.
- ¿Y yo? –dijo con voz serena - ¿Qué hay de mí corazón? ¿Qué hay de cómo yo me siento? También soy una persona, ¿lo sabías?
Javiera no supo que decir. Él se hizo a un lado del enorme banco del piano. Ella se sentó, avergonzada. Hacía tiempo él había tratado de enseñarle arpegios. Ella se había aburrido de inmediato.
- ¿Quieres saber todo?
- Sí.
Él respiró pesadamente.
- Conocí a tu mamá cuando iba en el colegio. Ella siempre me gustó y yo no se lo dije en mucho tiempo. Luego, cuando terminé la escuela, se lo dije, y le hice varias canciones y poemas. Ella me rechazó.
Silencio.
- Ella me rechazó y empezó a salir con un amigo mío. Me sentí muy mal, y nunca más supe de ella, pero siempre la quise. Me quería casar con ella.
“Desde ese día, desesperado, quería lograr a toda costa que alguien me quisiera. Pero no sé qué es lo que tengo, pero yo nunca le gusté a ninguna niña, y ninguna de ellas quería salir conmigo nunca, y todas a las que yo les dije o escribí cosas bonitas me dejaban con las palabras en la mano y me lastimaban. Me empecé a sentir solo, y después no hacía nada, y sólo pensaba en tu mamá. Yo hice algunas canciones buenas y escribí un libro, y me fue bien y gané mucho dinero, y por eso tenemos esta casa y no es necesario que trabaje.”
“Después de un tiempo, de pronto, tu mamá apareció en mi puerta. Estaba muy triste. Mi amigo la había abandonado y ella te estaba esperando a ti. Me sentí desolado, pero la quería mucho todavía. La cuidé, le hice cosas buenas para comer y ella estaba muy contenta, y sonreía siempre. Y a mí no me importaba nada. Ella era feliz y creo que yo la estaba haciendo feliz. Cuando tenía su barriga grande ya, le pedí que se casara conmigo. Al día siguiente, ella se fue.”
“Desde ese día acepté que yo nunca jamás sería capaz de que alguien me quisiera, y me resigné a vivir solo. Pasó el tiempo, y no lo podía aguantar. Mi sueño era tener a alguien para cuidarlo y hacerle cosas ricas para comer. Yo quería hacer feliz a tú mamá, pero no sé por qué, ella no quería que yo… nadie nunca quería que yo…”
Él se interrumpió y sollozó un poco. Su cuerpo no se sacudía, ni hacía sonar la nariz, y las lágrimas caían lento y en silencio.
“Me decidí. Iba a adoptar un niño. Llegué a donde te tenían, y te vi, y supe de inmediato quién eras. Eres igualita a tu mamá. Me contaron que ella se había suicidado en el hospital y a ti justo te pudieron salvar. Mi mundo se derrumbó, y no sé cómo pude dejarla ir y que estuviera sola. Y ella había muerto y yo la quería mucho. Te adopté y quería que fueras feliz, pero…”
Él la miró a los ojos, y ella por fin entendió qué era ese algo que había en sus ojos y la desesperaba. Ya no la desesperaba. Le daba mucha pena.
- Pero parece que tú tampoco me quieres.
Él miró las teclas del piano. Javiera se sentía confundida. Nunca había tenido una conversación tan larga, y le habían dicho cosas demasiado importantes. Ella sólo se puso de pié y se fue a su cuarto. Se tendió sobre la cama, y quería llorar, pero no podía. Algo se lo impedía, algo como una culpa extraña. Lo supo de inmediato.
- Papá.
Él se volteó. Ella se sentó al lado.
- ¿Qué es un arpegio?
Y ella nunca más dejó de pensar en su papá, y que ella era la única niña que lo había querido.