Horas después, frente al desacato de la vida, la orgía sangrienta de lo natural, el sadismo voluptuoso de lo verde y los ritos primaverales que todo hombre que viera estaba condenado a perderse para siempre en los bosques del olvido carmesí y de los miedos más irracionales del primitivismo recóndito de los eones terrestres, Juan habría de recordar la tarde anterior, la noche y su último sueño, instancias en las que aún creía que estaba vivo.
Recordó con una lucidez enfermiza ese sol acogedor, al borde de una carretera repleta de bosques vírgenes, el desvío hacia ese pueblo de sueño. Era un camino sinuoso, que estaba lleno de árboles rebosantes de hojas amarillas y mariposas. Un par de horas y por fin podía vislumbrar un par de techumbres perdidas en la espesura. Sus pies normales, acostumbrados al mullido contacto de la zapatilla, se sintieron un poco extrañados y a la vez extasiados de pisar aquella tierra, aquello tan enraízado con los orígenes de la vida, particulas y átomos que habían vivido y girado durante millones de años en este planeta.
Extrañado por la súbita reflexión, Juan ignoró esos pensamientos y fue a una pequeña posada a disfrutar de un jugo helado. El hombre de la tabla tenía una mirada llena de pesadumbre y algo enternecedora. Juan no entendió el por qué.
- ¿Qué desea para beber? -le preguntó con amabilidad.
- Un jugo de mango por favor.
El hombre que lo atendía sonrió con amabilidad. Le dio una enorme copa, llena de jugo. Era el jugo de mango más exquisito y dulce que había bebido jamás.
- Algo me habían mencionado sobre lo deliciosas que eran las frutas en esta región -mencionó Juan.
- ¿Y por eso vino aquí? -preguntó. Había algo raro.
- Bueno, vine por otras motivaciones. Hace un bonito clima y necesitaba un descanso por un par de días -respondió Juan, contento.
El hombre sólo se limitó a sonreír. Juan terminó el jugo y sintió una frescura exquisita. Pidió otro. Venía igual o incluso más lleno que el anterior, tal vez hasta un poco más dulce.
- ¿Cuánto es?
- Mil pesos.
Era demasiad barato.
- Cortesía de la casa por el segundo jugo -dijo el hombre. Juan se retiró, aún con esa exquisita sensación de frescura, pero un poco preocupado. El hombre tenía unos ojos llenos de pesadumbre y lástima parsimoniosas.
El resto de la tarde, hasta que se ocultó el sol, Juan procuró caminar por todas partes, para sentir el viento en la cara, el olor de las paredes mullidas de inmensos jazmines perfumados, y los milagros que la vista le regalaba al contemplar el cielo diáfano como el cristalino lago que revelaba un valle digno de paraísos inexistentes. Cuando el sol se ocultó, decidió buscar un lugar para pasar la noche. Se alejó bastante del lago, descendió por la calle y se internó a una quebrada hermosa, que descendía poco a poco en el valle, y lo ocultaba del sol. Estaba rodeado de árboles inmensos y seniles. Tocó la puerta de una hostería. Abrió la pueta una bella mujer.
- ¿Vino a pasar la noche? -preguntó.
- Así es -dijo él, algo perturbado por esa presencia sinuosa.
Ella le indicó que entrara. Le mostró una hermosa habitación, cuyo techo era de cristal.
- El techo está hecho por una plancha muy gruesa de vidrio aislante. No sentirá frío y podra contemplar las estrellas.
- Vaya, ¿cuánto me costará esto? -preguntó el hombre, preocupado.
- No se preocupe, hablaremos de eso mañana y... -la mujer enmudeció. Sonreía. Él la miró.
- ¿Está todo bien?
Ella se acercó a él y lo besó suavemente en la mejilla, como una madre besa a un hijo.
- Nada, sólo estoy un poco desolada.
Y se fue, dejando una sombra pálida en la alfombra.
Cuando la noche era evidente ya, Juan se quitó los pantalones y se tapó con las frasadas. Contempló la noche. Una voz opalina lo invadió como un sucubo del cielo y no supo más.
Soñó cosas desconocidas, sueños demasiados extraños, con elementos que nunca había visto antes y no tenía idea de cómo su mente se las había ingeniado para soñarlas. Incluso era consciente de ello mientras caminaba entremedio de caleidoscopios de celofán vivo. Fue así hasta que despertó.
Había olor a tierra húmeda.
Juan abrió los ojos lentamente, aún ralentizado por el sueño, sintiendo un montón de sensaciones que su mente aún no asimilaba. Tenía frío, pues corría viento por la habitación. Sentía húmedo el pie, pues estaba cubierto de sangre.
Cuando se le pasó el aturdimiento, lentamente notó el sonido extravagante. Era el canto de un pájaro, pero era un canto diferente. Era una melodía definida, que se repetía una y otra vez.
Después de notar que nada era normal, miró a su alrededor. Las paredes y el techo de la habitación habían desaparecido, como si una fuerza ciclónica y silenciosa las hubiera arrancado con cuidado para no despertarlos. Sólo estaba el suelo de la habitación, la cama y sólo se veía los árboles al rededor. Los árboles. Tal vez sólo era impresión suya, ¿pero no se habían engrosado? Atónito, siguió mirando. Su pantalón estaba en el suelo, donde lo había dejado. Se lo fue a poner y de repente notó que tenía la pierna embadurnada de sangre. Una sangre que no le pertenecía. Una gota carmesí cayó sobre el colchón. Miró hacia arriba y el rostro se le deformó de horror. La mujer que lo había atendido estaba en el aire. Las ramas de los árboles aledaños estaban entretejidas con su cuerpo, y de sus cuencas, nariz, boca y orejas salían retoños verdes y llenos de sangre. Su cuerpo estaba abierto, y sus entrañas reposaban sobre las ramas de abajo, exhudando los restos del vital fluido.
Juan saltó hacia atrás. Rápidamente se puso el pantalón sin poder dejar de mirar a la mujer que había sido víctima de la muerte más horrorosa que podía imaginar. Su mente no dejaba de trabar lleno de pánico. Algo o alguien había hecho eso. Justo encima de él, en completo silencio.
En el momento en que pensó en el silencio, el canto del pájaro le atravesó el cerebro. Era el mismo canto que repetía una y otra vez, de una naturalidad aterradora. Eran notas alegres, que de pronto, casi al darse vuelta, venían por la espalda con una voz suave y aterradora, como a punto de saltar sobre ti y arrancarte la piel.
Juan sintió verdadero miedo. Cuando recuperó un poco de la poca lógica que le quedaba, pensó en volver al pueblo, a contarles el acto de barbarie a los demás. Saltó de los ridículos simientos de la casa y vislumbró el asfalto que lo conducía hcia el pueblo. El cemento gris estaba tapizado por una cama de flores pequeñas y azules. Era algo que nunca había visto antes. No se explicaba como algo así podía haber crecido en una noche. Con consteranción notó que alrededor de esa pequeña y suave senda habían crecido las flores más hermosas que había visto en su vida. Tenían enormes tallos de un verde tan vivo que lo hacían sentir insignificante. Se alzaban por sobre su cabeza un metro. Sus pétalos enormes eran de colores púrpura, azul y turquesa. Caminó a lo largo de la pista verde, intentando pensar, pero no podía concenctrarse. La imagen de la mujer, la sangre, el color de las flores, el olor de la tierra y el maldito canto de ese pájaro de pesadilla le atravesaban el pensamiento y se lo destrozaban.
Repentinamente, vio caer un ave de un árbol. Estaba muerta. Luego, a lo lejos, cayó otra. Con una angustia invasora notó que habían muerto de agotamiento, de tanto entonar esa melodía por sus gargantas pequeñas y débiles. La melodía había empezado a cambiar. Se estaba tornando más opresiva, más psicópata. Juan corrió lo más rápido que le permitieron sus piernas. Estaba ascendiendo por la quebrada que lo había conducido a esa pesadilla, y a cada momento sentía que las plantas y los árboles lo observaban, y querían matarlo. Estos habían crecido demasiado. Se alzaban muchos metros hacia el cielo, y las flores eran explosivamente coloridas, y los animales chillaban y gemían como si hubieran sido poseídos por una voz que no era de ellos y los obligaba a suspirar, a susurrar y gritar el canto de algo más vivo y más malvado que ellos. Finalmente terminó el ascenso, y buscó desesperado las techumbres iluminadas por el sol. Pero no encontró ninguna techumbre, y tampoco halló al sol. Estaba nublado, densamente nublado, pero todo brillaba. Cuando finalmente alcanzó el lugar donde se encontraban las casas, asumió con una tristeza que no llegó a comprender que nunca más volvería a estar junto a ningún humano. El horror lo paralizó por la primera impresión. Al igual que la posada, sólo quedaban los simientos, y por todos lados, entre las ramas y esparcidas por el suelo, personas, o restos de ellas, brutalmente destripados por fuerzas desconocidas, con sus cuerpos cubiertos de helechos hermosos y parasitarios, totalmente bañados en su sangre, sedientos de vida. Entre todas las partes de cuerpo humano que encontró esparcidas y desmembradas con calamidad, reconoció el rostro del hombre que le había vendido los jugos de mango. Un enorme jazmin lo tenía aprisionado, y colgaba de sus enredaderas. Sus ojos estaban abiertos. Se acercó, pues no notó nada de sangre en él. Lo miró a los ojos. El hombre parpadeó. Juan gritó y cayó hacia atrás.
- Escúchame -le dijo. Su voz era muy suave. -. Esto es algo que sabíamos que iba a pasar. Nosotros, los que vivimos toda nuestra vida en este lugar, lejos del ingenio de la máquina, sentimos que venía hacia nosotros. No te dijimos para no asustarte.
Y entendió muchas cosas a la vez. Esas ganas que tenía de salir, lo hermoso que era todo la tarde anterior, el regalo de un jugo, su sabor salido del olimpo, el beso de la mujer.
- Yo... no entiendo...
- No importa -dijo él hombre, y lo dejó desolado. No comprendía por qué él era libre, por qué era ignorante. El jazmín apretó sus lianas, como si hubiera podido olfatear la vida que le quedaba a su presa, y los huesos del hombre se retorcieron y partieron, y sus entrañas reventaron, bañándolo todo de sangre. Juan se alejó y vomitó. Sus pesadillas jamás pensadas lo atormentaban. La canción terrible sonaba aún en el aire, y el suelo, lleno de pajarillos y animales pequeños, parecía cantar también. En qué momento, por qué... no obtenía respuestas y desesperaba...
Y el suelo tembló.
Un alarido feroz e inhumano le erizó la piel. Las decenas de personas destripadas se movían, se arrastraban, abrían sus bocas y escupían fluidos. Movían sus bocas y sus cuencas vacías intentando decir palabras incomprensibles. Pasaban a su lado arrastrando sus pieles y avanzando con un solo brazo, o una pierna, o la mitad de ambas. Y todos subían la colina. Aquella colina donde había contemplado una tarde antes el lago que era más azul que el cielo, aquella colina donde yacía ese árbol milenario. Ya inmune al asco de la masacre, caminó entre las multitudes de guiñapos y muñones semi humanos, que vivían gracias a las mismas fuerzas desconocidas que les había arrancado la piel. Sentía en su cuerpo una melancolía extraña, una soledad que no se dejaba engañar por la estertórea voz de esos seres desposeídos. Cuando llegó a la cumbre de la colina, contempló el árbol. Era lo más impetuoso, maravilloso y letal que había visto en toda su vida y sus sueños. Sus ramas brillaban con una fuerza desconocida, y parecían tener una voz muda, y profunda, que le sacudía los huesos. Estaba tan vivo y era tan poderoso que podía haber sido el dios de otros tiempos. Casi como si le hubiera adivinado su deseo más oculto, una rama se acercó a Juan y se posó en el suelo con amabilidad inusitada. Admirando la magnánima alma de aquel árbol imbuído de fuerzas cósmicas, se subió a una rama. El árbol lo alzó y por fin, luego de muchas preguntas que nunca formuló, entendió todo.
El lago estaba atiborrado de personas, todas ellas desmembradas. Y en el centro del lago, se reunía toda la sangre que había sido ofrecida a la tierra. Era la primavera del universo. La sangre se concentraba y era recibida por una deidad que no había mostrado nunca su rostro, pero siempre había estado presente. Era la vida misma, ese impulso que hace que la sangre arda. Y su ofrenda eran los humanos. Y Juan contempló con una sensación inmensa de trascendencia aquel ritual melódico, y esa melodía tétrica y bíblica que se repetía una y otra vez, pero que en realidad no era ningún mensaje de terror. Era una maldad que los humanos jamás podrían entender. Una maldad y un sadismo que representaba para los seres humanos la peor pesadilla, pero que en realidad, y para propósitos mucho más trascendentales que los humanos, sólo era un látido más de corazón del universo. Y cuando finalmente lo entendió todo, Juan sintió deseos de ser parte de eso en su propia carne. Y la naturaleza cumplió. La rama lo alzó, y lo premió por haber descubierto ese secreto que le había sido negado a todos los demás hombres. La fuerza ciclónica lo deslplazó con violencia hacia la deidad, al centro del lago, donde toda la sangre de la humanidad había ido a parar. Y en un instante que se hizo eterno, el huracán apocalítico comenzó a exprimir su alma, y se derramaba toda directamente en la boca del dios al que nunca rezó. Mientras giraba y todo se salía de la órbita de su cuerpo, contempló otra vez el valle. Y mientras admiraba el desacato de la vida, la orgía sangrienta de lo natural, el sadismo voluptuoso de lo verde y los ritos primaverales que todo hombre que viera estaba condenado a perderse para siempre en los bosques del olvido carmesí y de los miedos más irracionales del primitivismo recóndito de los eones terrestres, Juan habría de recordar la tarde anterior, la noche y su último sueño, instancias en las que aún creía que estaba vivo.